Si no has oído hablar de Dandadan en el último año, probablemente vives bajo una roca, o peor, en un lugar sin internet (que es básicamente lo mismo)… o simplemente no eres otaku (que muy bien, no todo el mundo puede tener buen gusto). Y es que la serie japonesa se ha convertido en todo un fenómeno, carne de meme, edits y cualquier otro tipo de creación de los fans, gracias a personajes tan carismáticos como la Turboabuela (qué turbia es…) y unas intros que te taladran el cerebro gracias a lo contagiosa que es (la canción es de Creepy Nuts, que ya molaban lo suyo con la de Mashle, y la de la segunda temporada es de la hipnotica Aina the End).
Aclaremos una cuestión: las series confort son esas que, sin exigirte demasiado, te entretienen y se convierten en tu pequeño refugio. Pese a sus hordas de fans en Internet, Dandadan es una de ellas. Con una animación espectacular, sus carismáticos personajes y sus buenos momentos, pero muy alejada de la fuerza de otras propuestas de los últimos años, como Shingeki no Kyojin, es mejor que la sobrevalorada Jujutsu Kaisen (aunque el resultado es más reñido si la comparamos con Chainsaw Man). Y es que los japoneses parecen obsesionados con las historias sobre jóvenes que se enfrentan a demonios, pero Dandadan es algo más que eso.
Puede que en su segunda temporada, no haya alcanzado las cotas del estupendo séptimo capítulo de la primera temporada, aunque sí nos ha dejado con buenas escenas como esa banda de heavy metal al estilo X Japan practicando un exorcismo con heavy, un robot mecha con el rostro de Buda enfrentándose a un kaiju o a Ayase o Okarun acercándose por fin (con un maid cafe de por medio). Lo que está claro es que Dandadan ha tenido un combo perfecto: animación sobresaliente, humor alocado y un derroche de imaginación que te hace preguntarte qué desayunan/fuman los mangakas en Japón (probablemente algo ilegal)
¿De qué va Dandadan?
La premisa inicial es sencilla, pero engancha: dos adolescentes que no podrían ser más distintos, Ken Okarun y Momo, unen fuerzas en una apuesta que suena como el argumento de un fanfic pasado de vueltas. Él, un nerd obsesionado con la ufología (y sí, suena a enfermedad), está empeñado en demostrar que los extraterrestres existen. Ella, una chica popular entrenada desde niña para detectar yokai gracias a su abuela médium, se enfrenta a Ken: los alienígenas no son reales, pero los fantasmas sí. Así que apuestan enfrentarse a los «monstruos» del otro para demostrar su teoría. Por supuesto, ambos acaban teniendo razón, porque esto es Japón y, como alguien que ha estado en un terremoto en Akihabara, puedo afirmar que en Japón todo puede ser real… siempre que sea lo bastante surrealista.
Cuentan que el creador del manga, Yukinobu Tatsu, decidió crear esta obra tras que las previas fueran rechazadas. Sus primeros mangas intentaban encajar en lo que había en el mercado en ese momento, pero no eran obras puramente genuinas. Fue entonces cuando los editores le recomendaron que fuera original y decidió crear una historia con romance, alienígenas, demonios, fantasmas, los años ’90… ¿El resultado? Lo que empieza como una comedia de enredos entre lo paranormal y lo extraterrestre (una especie de Doctor Who pasado de vueltas -más aún- y bajo la óptica japonesa), rápidamente se convierte en un despliegue de creatividad delirante, donde cada episodio parece un reto directo a la física, la lógica y el presupuesto del estudio de animación. Es una fiesta visual, solo hay que ver las persecuciones o los ataques de los enemigos (como los surgidos de los pósteres de una clase de música). También es una rareza disfrutable siempre que uno esté dispuesto a aceptar una japonesada a la que si se le quita la parte de fantasía, en realidad, trata sobre dos adolescentes que se enamoran… y todos los monstruos que los rodean y que no siempre son yōkai ni aliens.
Y entonces llega el séptimo episodio.
¿Por qué el séptimo episodio merece su propio altar?
No es solo que el episodio siete sea el mejor de la serie hasta la fecha; es que probablemente se ganó un lugar en el Olimpo de la animación de 2024, y eso que compite con titanes como la segunda temporada de Arcane. Para un anime que hasta entonces se movía cómodamente entre extraterrestres salidos y yōkai con tendencias igualmente cuestionables, este capítulo acabó siendo un giro inesperado. Recuerdo a mi mujer diciéndome: «vamos a verlo mientras comemos, que Dandadan es divertida». Veinte minutos después, la comida seguía intacta, porque teníamos un nudo en la garganta y no sabíamos si echarnos a llorar o directamente cortarnos las venas.
La trama del episodio titulado Un mundo más amable nos lleva al pasado de uno de los yokai, utilizando un flashback tan bien ejecutado que, como diría Indiana Jones, debería estar en un museo. En él, nos presentan la historia de una madre y su hija, y es aquí donde Dandadan cambia las risas por lágrimas. El amor entre ambas es palpable, real, humano, y la tragedia que las envuelve te golpea como un tren. La madre, una bailarina endeudada, sobrevive como puede. ¿Su deseo? Proteger a su pequeña. Sin embargo, pronto todo se tuerce y lo hace con una dureza que deja al espectador por los suelos.
De repente, esa serie que parecía obsesionada con lo absurdo (el punto de partida es recuperar los testículos mágicos del prota… Una japonesada, vaya) se convierte en un melancólico estudio sobre la pérdida, el sacrificio y el dolor que permanece más allá de la muerte. El mérito no es solo del guion basado en el manga de Yukinobu Tatsu, sino también de una animación exquisita, maravillosa, y con una inesperada sensibilidad que hace que recomiendes la serie a cualquiera, incluso si no ha visto el resto de la temporada.
¿Merece la pena ver Dandadan?
Comencé la segunda temporada con ciertas dudas. Justamente esta tanda de episodios se inicia donde acabó la primera de forma abrupta, con una especie de culto a lo folk horror, pero a la japonesa y sin tener que imitar a Wicker Man. En medio de una trama de volcanes, gusanos gigantes, sacrificios y unos onsen, tenemos una aventura alargada que pecaba de lo que pecaban algunos capítulos de la primera: de un humor y una acción muy suyos, pero que podía llegar a casar.
Por suerte, luego la trama mejora con el personaje de Jiji intentando controlar el mal de ojo y nuevas adiciones como el friki de los mechas, Kinta. Cuando la serie decide jugar y convertirse en una trama sobre dos adolescentes que se gustan y no lo reconocen, funciona bastante bien. Y es que lo bueno de Dandadan es que sus personajes tienen carisma y en esta época donde el anime abusa en demasía de los isekai sin sal, es interesante tener una serie de fantasía urbana donde cada uno de los personajes tiene su propia voz, humor, miedo, forma de ser… y los creadores no temen darles vida en todo momento.
Especialmente remarcable es también la labor de su reparto de voz, que cuenta con Shion Wakayama como Momo, el ya veterano Natsuki Hanae (Tanjiro en Kimetsu no Yaiba, Kaneki en Tokyo Ghoul) como Okarun o Nana Mizuki como la abuela de Momo, entre otros. Jamás entenderé del todo a esa gente que prefiere ver los animes doblados cuando el trabajo en japonés es… extraordinario.
Un punto para reflexionar sobre la serie es que Dandadan cuenta con dos subtitulados y doblajes al español distintos. Uno es de Netflix y otro de Crunchyroll. Aunque en mi caso veo siempre los animes en japonés con subtítulos, se nota el trabajo de localización que hace el traductor para traer la serie a nuestro país. No obstante, en algunas ocasiones, hay ciertas libertades que me hacen levantar una ceja.
Si los traductores optan por uno usar una expresión que consideran demasiado japonesa y que el público no entenderá, ¿por qué prefieren hacer alusión a una serie española de humor de hace más de veinte años que los chavales más jóvenes no pillarán? Sé que traducir es traicionar, pero quizá habría que medir más hasta qué punto se puede traicionar y obviar todos esos que aplauden cualquier traducción por el mero hecho de que incluya alusiones a nuestro país.
Más allá de estos debates, aunque Dandadan se sustenta en un humor muy loco y muy japonés (es decir, en cosas que te hacen pensar «¿me estaré perdiendo algo por este alien cangrejo que parece cantar canciones motivadoras?»), la creatividad, la animación y los giros inesperados la convierten en una de las experiencias más frescas y entretenidas del anime reciente.
Y si tienes dudas, solo con llegar al séptimo capítulo habrás amortizado cada minuto invertido. Si no lo has visto, ¿a qué esperas para traumatizarte de por vida?
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